jueves, 8 de septiembre de 2011

Despedida


            Este nuevo amanecer

mientras se vuela el presente,

me trajo todo el ayer

tu retrato entre la gente

Amor Ausente F. Toro

            Yo No tenía idea que, al subir al colectivo, sería la última vez que te iba a ver. No, no a tú hermana. A vos. No tenía el mínimo atisbo de que, cuando miraba el mar en medio de la noche, la suerte ya estaba echada. Que cuando bajara del colectivo, no iba a tomar (al día de hoy) esa línea de nuevo. Simplemente me hiciste desaparecer. Simplemente decidiste desaparecer de mi vida. Le diste un desenlace a lo que vivimos, cuando todavía creía (iluso yo) que estábamos en el nudo. Cuando quise reaccionar, ya era tarde. Todo estaba dicho.
            Digo lo que digo porque hace rato que venía pensando en que me había equivocado de persona. En que sentía que tenía una conexión mucho más fuerte con vos que con tu hermana. Creo que por (estúpidos) prejuicios no quise dar un paso más. (Lamentablemente) Ahora que lo pienso, no tendría que haberme sentido así. No tenía que haber dejado que esos prejuicios ganaran. Tendría que haberte dicho que me acompañaras a casa esa madrugada, para que yo pudiera subir ese escalón de mi casa, quedar a tu misma altura y darte un beso. Y pedirte que te quedaras hasta que el sol saliera.
            Pero no. Cometí errores. Errores tontos, pero errores al fin. Algo que tendría que haber callado. Algo que nunca tendría que haber mencionado. Especulaciones, entredichos, todo lo que vivimos se terminó por eso. Por chismes berretas que no venían al caso. Pero Los errores se pagan. Y caro. Muy caro. Tan caro me costaron, que ya no puedo verte. Ya no puedo tocarte. Ya no puedo sentirte.
            Te cuento que me costó acostumbrarme a todo esto. A saber que estás tan cerca, y tan lejos a la misma vez. A tener que olvidarte y dar vuelta la página. A evitar canciones, bandas, solo porque me recuerdan a vos. Porque me recuerdan a las mañanas cuando te veía. A las noches cuando hablábamos por horas interminables. Cuando nos reíamos. Cuando nos mirábamos. Los primeros días fueron muy difíciles. Es ahí cuando las obligaciones ayudan a no pensar. Pero las noches eran complicadas. Muy complicadas.
            El tiempo ayuda a evadir, pero no a olvidar. Ayuda a evadir los momentos feos para recordar los felices. Para recordarme del día que tu hermana puso cara cuando no me gustó lo que había preparado para comer (¡encima había estado toda la tarde-noche para hacer esa comida! (¡maldita salsa!)), cuando fui un recital porque iba ella, en fin, esa clase de recuerdos. No el recuerdo de los mensajes y las llamadas inútiles, cuando mi error no tenía posibilidad de poder ser enmendado. De pensar que no te andaba el celular, hasta darme cuenta de la realidad.
            Decidí a escribir esto porque te me viniste de repente en medio de la noche, mientras terminaba de ver una película. Llegaste como un pensamiento que decidió anidar en mi mente por lo que restaba de la noche. Rondaste por toda ella metiéndote en lugares que pensaba estaban cerrados. Con llave y candado. Con códigos de seguridad e identificación de huellas dactilares. Sin embargo rompiste con todo eso. Pensé en hacer esto como último recurso, para ver si te puedo dejar atrás.
            Ya es hora de que vaya concluyendo, porque creo que ya dije todo lo que tenía para decirte. Ojala pudiera encontrarte de vuelta para decirte todo esto cara a cara. Lamentablemente, cuanto más quiero encontrarte, parece que vos te empecinas en alejarte mas y mas. A pesar de la cercanía, de saber la línea de colectivo, de estar a dos pesos con diez lejos de vos, no puedo. Farewell. Que tengas una buena vida

jueves, 1 de septiembre de 2011

Él


Me enteré una calurosa mañana, que mi hermano había fallecido en un accidente. La policía me dijo que murió mientras manejaba por la autopista y que estaba en la morgue. Me pidieron amablemente que identificara el cuerpo. Les pregunté como me encontraron, me contestan que él tenía su documento y los papeles del auto e hicieron las averiguaciones para dar conmigo. Les agradecí y dije que iba a ir inmediatamente para allá. Apenas me arreglé un poco, ni siquiera alcancé a maquillarme. Salí de casa y fui a tomar el tren para ir la morgue.

Cuando Llegué a la estación, todavía estaba intentando comprender lo que me habían dicho. Esa personita que conocía desde que tengo memoria había dejado de existir. Ese que a veces me hacía dejar de jugar a las muñecas para correr detrás de una pelota, que me ayudó a elegir mi carrera, que la alegría lo inundó cuando se enteró que estaba embarazada y que iba a ser tío, no estabas mas. En la boletería pido un boleta de ida solamente. Luego me siento en un banco del andén a esperar el tren. Quince minutos después, la bocina indica que llegó.

Trato de esquivar a la gente que sale del tren. Cuando consigo entrar, me siento frente a una señora rubia, de ojos verdes, con anteojos, que mira un poco extrañada. Ya lo sé. Parece que recien salgo (o entro) de alguna película de terror. Una película demasiado real. El tren arranca y miro a la ventana y las casas y casuchas que veo se funden a mucha velocidad, mientras trato de evadir y evadirme.
No me doy cuenta, pero creo que estoy murmurando. Lo estoy nombrando, a ver si por alguna casualidad me vuelven a llamar y decirme que se equivocaron, que mi hermano solo esta herido, que todo estaba bien. Sin embargo, la llamada no sucede. No, no va a suceder eso jamás. Mientras pienso en todo eso, lloro. Otra cosa de la que no me doy cuenta.

La señora enfrente mío baja, y a mí me que quedan dos paradas mas. Se que ya queda poco tiempo para que vea a mi hermano. O lo que queda de él. Ya poco importa. Trato de arreglarme un poco, de componerme un poco. Ahora ya falta una sola parada. Solo diez minutos mas de trayecto y todo (creo) habrá terminado.

El tren aminora la marcha, hace sonar la bocina y el traqueteo se hace mas pausado. Como cuando un corazón cansado decide que ya es hora y deja de latir. Me levanto y voy hasta la puerta. Solo yo bajo en esta parada. El tren finalmente para. Cruzo el umbral y ni bien hago unos pocos pasos lo veo. Me mira, sonríe y saluda. No alcanzo a hacer nada, por que no esta mas. La gente pasa. El tiempo  también. Y yo solo voy a identificar el cadáver de mi hermano.

jueves, 25 de agosto de 2011

Viaje

La tierra giró para acercarnos
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño
como fue escrito en el Simposio.
Pasaron noches, nieves y solsticios;
pasó el tiempo en minutos y milenios.
Una carreta que iba para Nínive
llegó a Nebraska.
Un gallo cantó lejos del mundo
en la previda a menos mil de nuestros padres.
La tierra giró musicalmente
llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del simposio
Eugenio Montejo
Te voy a ver. Al fin te voy a ver. Junté el dinero, tramité la visa, compré los pasajes y miles de otras cosas que en este momento no se me vienen a la cabeza. Eso ya no importa. Lo que importa es que te voy a ver ¿Te acordás cuando fantaseábamos sobre esto? Cuando ibas a venir, cuando iba a ir. Días, meses, semanas, años lo hemos hecho. Por fín, luego de muchos esfuerzos voy a ir.
Camino unos pocos metros hacia el auto. Un vecino me alcanza hasta el aeropuerto. Veo como los grandes edificios se transforman en pequeñas casas, y esas pequeñas casas se transforman en planicies verdes, amarillas, anaranjadas. Todo ese paisaje cambiará (o no) en esas horas interminables que el avión va a tardar hasta llevarme a tu lugar. Trato de focalizarme en las recomendaciones que te hacen cuando vas a llegar a cualquier aeropuerto: cuidado con las valijas, guarda que le meten droga. Envolvé la valija en film para que te no te roben nada ¡NO PONGAS LA COMPUTADORA EN LA VALIJA QUE TE LA CHOREAN! Todo eso que dicen los familiares y amigos, que solo buscan protegerte. Pero no logro concentrarme en eso.
En cambio pienso en vos. Pienso en todo lo que vivimos, a pesar de la semejante distancia entre nosotros. Te imagino con la misma sonrisa, la misma mirada, la misma voz. Supongo que me vas a mirar y te vas a reír, con esa risita nerviosa que tanto me gusta cuando te veo en Skype. Noches soñando con eso, sobre eso. Días evadiendo pensamientos para evitar pensar. Para no pensar. Sin embargo el sentimiento muchas veces le ganaba a la razón y volvías y aparecías en mi mente como en una foto borrosa, pero donde claramente te distinguías.
Luego de muchas horas, llego al aeropuerto. La gente apurada, pasa como en un abrir y cerrar de ojos. Me dirijo a la mesa de entradas y pregunto en que lugar esta la empresa de viajes que me va a llevar hasta vos. Me lo indican y con pasos un poco rápidos me dirijo hasta ahí. Una chica me atiende, me saluda y me pide los datos. Se los doy y me aclara por donde embarco y a que hora sale el avión. Por suerte llego con unas horas de anticipación, dado que el tramiterío en un aeropuerto puede llevar tiempo. Mucho tiempo. Demasiado tiempo.
Sin embargo parece que la gente del aeropuerto esta en su día. Un trayecto que (según me contaron) tardaba tres horas, solo tardó una. Contento, me siento en una de las salas de espera, cerca de mi plataforma de embarque. Luego de una media hora, una locutora con una voz símil radio, símil computadora, me informa que tengo que tengo que ir yendo hacia el avión. Nervioso, me dirijo hasta ese lugar, Me piden el boleto y me dirijo hacia una manga como si fuera que estuviera a punto de salir a la cancha a jugar. Pero no veo el pasto y la gente alentando sino dos pasillos y una fila infinita de asientos. Sí. Compre el ticket en clase turista.
Consigo mi lugar y por suerte no tengo cerca mío ningún nene que pueda llegar a molestarme. El viaje iba a ser muy largo para que tuviera de acompañante a esa opción. Minutos después el avión despega y la tierra se hace grande. Y luego se hace mar.
Quiero leer y no puedo. Quiero escuchar música y no puedo. Quiero ver la película que pasa la tripulación y no puedo. Vos sos un todo que engloba cada uno de mis pensamientos. Consigo dormir un poco y en sueños te me aparecés. Pero ya no como una foto medio borrosa como antes. Ahora estás nítida, clara, brillante. Estás como siempre te imagine.
Lamentable o afortunadamente me despierto. Acaban de avisar que en unos momentos estamos por aterrizar, que abróchense los cinturones, que nada de ir al baño, todos quietitos en sus asientos. De estar entredormido pasé a estar alerta en dos minutos. Busqué el cinturón, me lo abroché y esperé sereno el aterrizaje. Unos diez minutos después, el capitan del avión nos avisa que todo salió bien y nos desea una feliz estadía. El momento de la verdad había llegado.
En un idioma extraño, que conocía, pero en ese momento extraño para mí, me van indicando lo que tengo que hacer al desembarcar: que aduana, que detector de metales, bienvenidos y demás demases. Apurado, trato de hacer todo sin que me vean como un loco, un criminal, un terrorista o alguien suficientemente sospechoso para que la seguridad aeroportuaria deporte sin miramiento. Muestro mi pasaporte, mi boleto de ida y vuelta, mi equipaje de mano, mi visa y el ticket del banco donde hice un depósito de dinero considerable para que estén tranquilos de que no voy a robarle un trabajo a un nativo. Luego de todo eso, vos. Ahí estabas sonriendo nerviosa con él de la mano. Me ves a mí con ella de la mano. Yo saludo a él y vos saludas a ella. Me preguntás como fue todo. Yo contesto que todo estuvo bien. Todo estuvo perfecto.

jueves, 18 de agosto de 2011

Pequeño Jardín

Me quedé mirando en un pequeño jardín una flor. No era gran cosa. Tenía un color rosáceo en su flor. Me acerqué a contemplarla. Se movía pausadamente, serenamente. En ese instante siento su olor. Era un olor dulce. Muy dulce. Estaba parado así que decidí sentarme a mirarla, a sentirla, a olerla.En eso siento la suave brisa de la mañana. Acariciando de a poco mí pelo, mi cara, mis brazos. El olor de esa pequeña flor rosa se torna un poco mas intenso. Me acerco un poco más. Es como si en ese momento, la flor me tuviera hipnotizado, pidiendo que me acerque más y más a ella. Es que me estoy dando cuenta que no es una simple flor. Que dentro de ella hay algo que estoy dispuesto a averiguar.
El aroma se torna mucho mas intenso. No se por qué, pero me esta empezando a molestar un poco. Me quiero levantar y no puedo, quiero abrir los ojos y no puedo. Estoy inmóvil en lo que creo ya no es un pequeño jardín con una pequeña flor rosa. En este momento puede ser cualquier lugar: una casa, un ropero, una cárcel. Le pido que me deje ir, pero se empecina en no soltarme. Me dice que ha esperado demasiado tiempo por alguien que se diera cuenta de ella. Que la notaran en ese pequeño jardín en el que estábamos.

Le pregunto que es lo que vio en mí. Me dice que no lo sabe muy bien, que inmediatamente que me acerqué largo su esencia para atontarme y atraparme. Trato de averiguar que es lo que quiere de mí. Pero no me lo dice. Empiezo a escuchar risitas cerca de mis oídos. Las risas se hacen más fuertes y el olor se hace más fuerte. No lo puedo controlar.

Al final la flor me dice que me quiere a mí. Quiere todo de mí. Le imploro que me suelte, pero ella insiste. Lo que quería averiguar de ella no era hermoso, sino perverso. Ya no se si estoy conciente o no. Las risas y el aroma ya son imposibles de aguantar. Me quiero soltar: es imposible. La flor me dice que me quede tranquilo, que todo va a estar muy bien. Pero ya no se lo que está sucediendo: todo está oscuro.

Luego de un rato me despierto. Pero algo raro ocurre. Siento que estoy inmóvil en un sitio. Como si hubiera cemento. En ese momento termino de despertarme ¿Dónde estoy? Me estoy viendo a mi mismo ¿Morí o estoy en otro cuerpo? Veo como ese otro yo se ríe y se va de ese pequeño jardín. Yo me voy a quedar hasta que embelece a alguien con mi aroma. Y vuelva a tener, tal vez, un cuerpo.

martes, 7 de septiembre de 2010

resurreción

En cualquier momento vuelvo a publicar. Tengo ideas para oublicar semanalmente asique si se puede la proximas semanas veran publicaciones. Nos vemos

lunes, 9 de marzo de 2009

Ella

Para Rayuela que hace rato largo que pedía la actualización acá les dejo el último que hice. Demasiadas cosas pasaron e hicieron que no pudiera escribir, pero hoy largo con este y próximamente con otro que tengo que corregir.


Para F

La encontré una noche en uno de esos bares de mala muerte. Laburaba de acompañante, aunque no se si solo bailaba o hacía algo mas. Todavía recuerdo como era: su estatura, un poco más baja que yo, su pelo medio enrulado, su cara, sus ojos verdes, y su cuerpo pequeño, que cuando estudiábamos juntos, me volvía loco. Siempre me sentaba con ella en las clases y me contaba de sus cosas: de cómo su novio la engañaba y volvían, de que a veces no le gustaba estar con él. Hasta me acuerdo de que la invité a salir sabiendo que estaba con él, porque según mi opinión, no se la merecía. Ahora, la veo como esas veces, nada mas que le agrego las cicatrices físicas como psíquicas que causa su trabajo.
Primeramente no me reconoció. A decir verdad, no me quería dar a conocer. Para ella era como el chico que no debía frecuentar esos lugares. Sin embargo, me le acerqué y solamente se me ocurrió decir hola. Me miró extrañada, pero a los dos segundos me reconoció y me saludó. Le pregunte que hacía por ahí, me contó de su vida y de cómo había terminado en ese lugar. De que había cortado con ese chico y que por el momento estaba sola, pero que el dueño del lugar, casi siempre requería de ella para satisfacerse.
Le conté un poco de mi vida y de que estábamos ahí porque le hacíamos la despedida de soltero a un amigo. Me preguntó si había terminado de estudiar. Le dije que si, que ya estaba recibido y trabajando y que en unos meses tal vez iba a venir por que al que le iban a hacer su despedida era a mí. La invite a tomar un trago, nos fuimos a la barra y luego empezó la música. Le recordé que todavía me debía esa salida que íbamos a tener cuando jóvenes a un boliche, y que me había metido la excusa de que su novio había llegado a su casa. Me miró y se acordó de esa vez. Y me llevó a la pista.
Mientras bailábamos, me iba acercando más y más a ella. Encima, con unas copas de más, le decía cosas como que se fugara conmigo, que dejara ese trabajo de mierda, que por ella yo era capaz de irme a vivir a cualquier lado y hacer cualquier cosa por tenerla a mi lado. Ella seguía mirándome, tratando de tomar todas esas afirmaciones como delirios de una persona que no veía hace muchos años. Yo, tratando de convencer a una persona que lo que menos quería era promesas vanas de una persona que no veía hace muchos años.
En medio de ese trance, no pude contenerme y la besé. La besé como se besan a las primeras novias, con prisa y sin pausa. Ella lo aceptó y pasó sus manos por toda mi espalda como si yo fuera el amor de su vida. Seguimos así por varios minutos. Hasta que nos separamos, y nos vimos frente a frente. Se cruzaron nuestras miradas en ese instante que parecía perfecto, de otro planeta. Mientras la tenía sujetada de la cintura, no paraba de decirle esas cosas locas que mencioné previamente. Ella me miraba y sonreía como si quisiera creer todas esas palabras que yo le decía en ese mismo momento, en ese mismo lugar.
Ya bastante tomados, la lleve a uno de los sillones que había por ahí. Me senté y ella se sentó al lado mío, abrazándome bien fuerte, como si no me quisiera perder. Sentía su calor en mi cuerpo y me olvidaba hasta de mi novia, a la que creía que amaba realmente. Pero me faltaba esto que estaba pasando, que realmente quería, volver a ver a esta chica que en mis años de escuela me sacudía el mundo. Y ahora la tenía ahí a mi lado y no la quería perder.
Mis amigos se habían quedado con unas compañeras suyas y no prestaron atención a todo lo que me estaba sucediendo. Yo loco por lo que estaba sucediendo, le pregunte realmente si quería intentar algo serio conmigo, que no me importaba a cuantos había tenido en su cama, que no me importaba si la tenía que sacar a golpes (algo que habría hecho sin dudar) de ese lugar. Que no me importaba nada ni nadie. Después de esto, me miro fijo a los ojos y quedo tildada por unos segundos. Me acarició la cara y me dijo que nunca alguien le había dicho todas esas cosas. Pensaba que personas así, ya no quedaban por estos lugares donde la indiferencia y el individualismo valían más. Pero, por más deseos que tenía de irse conmigo y amarme uno y cada uno de sus días, no podía hacerlo.
La mire atónito. No podía entender lo que ella había dicho. Parecía que me estaba hablando en un idioma que no conocía. Le pregunté el por qué. Solo me contesto que no tenía la más mínima idea de porque no podía hacerlo. Creo que dentro de ella pensaba que las cosas habían cambiado tanto, tanto, que ya no podía hacer una vida conmigo. Que por más que la amara y le diera todo lo que podía darle, nunca me iba a amar de esa manera.
Igualmente ella seguía abrazada a mí. Yo no la quería dejar ahí, en ese bar de mala muerte donde malandras y personas de bajos escrúpulos, se creían los reyes de todo. No la podía dejar ahí a ella. A la chica que alimento mis sueños más profundos cuando era un adolescente y que todavía lo hacía. Sencillamente no podía.
Cuando la noche se iba acabando uno de esos matones que las cuidan me dijo que ya había terminado mi noche con ella, que alguien mas importante que yo la precisaba. Le conteste quien carajo era el pelotudo que pensaba que manejaba su vida. Eso fue suficiente para que se me viniera encima. Luego de eso una pelea tremenda se armó en ese sucucho. Mis amigos ayudaron y en medio de todo la vi a ella. Me le acerqué y le dije por última vez que se escapara conmigo, que mandara a todos esos hijos de puta que la maltrataban a la mierda, y que viniera conmigo. Llorando esta vez, me dijo que ya sabía su respuesta. La besé por última vez y cuando me soltó me dijo entre lágrimas te quiero.
Me fui de ahí, agarramos el auto con mis amigos y nos fuimos. Todavía me pregunto por qué me dijo te quiero en vez de te amo. Supongo que no quiso que me acuerde de ella, por el resto de mi vida. Aunque por supuesto que de ella, por el resto de mi vida, no me olvido más.


sábado, 8 de noviembre de 2008

El colectivo



AGUANTE EL 531 532 QUE ME LLEVA A LA FACU! :P




Sube al colectivo que lo lleva a su trabajo. El trabajo que le da de comer, el que necesita para poder pagar lo que ha gastado todo este tiempo. Dentro de ese colectivo, ve como parte de su tiempo se detiene cuando sube, paga su boleto y consigue un asiento (preferentemente atrás, donde uno evita cederlo. Preferentemente los asientos individuales, dado que no le gusta moverse mucho.). El viaje tarde aproximadamente una media hora. Cuarenta y cinco minutos como máximo.
Vive en los suburbios. Así que distingue como el paisaje se va transformando de un color verde grisáceo a uno totalmente gris. Ve los pequeños asentamientos de personas que por diferentes motivos terminaron ahí. Ve los grandes countries donde personas, con diferentes motivos, terminaron ahí. Ve esa gran diferencia y se pregunta el porque de que este mundo sea tan desigual, que nada es como lo que se muestra, que el estudio ya no es un futuro asegurado como profesional en una cadena de supermercados, sino que uno trabaja ahí, aún siendo profesional. Ve como los grandes shoppings se erigen en lo alto, como dioses del consumo desenfrenado de la gente, que olvida sus problemas gastando dinero, en vez de enfrentarlos y divorciarse, cambiar de trabajo o simplemente, irse lo más lejos posible de todo y todos. Ve como la gente niega la existencia del que pide limosna, no viéndole a la cara y esperando que ese fantasma desaparezca. Pero sigue ahí.
Poco a poco, se va acercando a la ciudad. A esa ciudad que lo maravillaba cuando era joven, de la que se escapó cuando empezó a crecer, y a la que regresa todos los días por el trabajo, bendito trabajo, que lo amarra a su cotidianeidad. Ve los edificios, con miles de historias dentro. Historia de jóvenes parejas que imaginan un futuro esperanzador, con parejas ancianas que vieron como ése futuro se les fue de las manos. Con parejas de edad madura, que se engañan unos a otros y fingen que esta todo bien.
Ve los grandes carteles de publicidad, donde se le muestra a la gente cómo tiene que vivir, cómo tiene que conocerse, cómo tiene que amarse. Muestra a toda esa gente feliz usando ese producto que quieren vender, aunque por dentro esas personas vivan en la más absoluta soledad y encierro, ellos son felices en ese mundo de mentira, de banalidad y costumbrismo.
Deja de mirar hacia fuera, y empieza a notar las caras de los demás pasajeros. Tienen casi la misma vida que él, casi la misma rutina, casi sus mismos sueños. Algunos tienen cara de estar cansados de ver el mismo paisaje que él estuvo contemplando unos minutos atrás. Otros charlan animadamente con conocidos sobre sus cosas: la facultad, el esperado ascenso, hijo, casamiento, embarazo, cumpleaños, separación. No saben que son escuchados, no les importa en lo más mínimo.
Se cansa de la vista monocromática del colectivo. Vuelve su mirada a la ventanilla, esa invisibilidad visible que lo separa del mundo exterior. Ve como las madres llevan a sus nenes al jardín, y a metros de ellos, chicos sin futuro dándose con lo que venga. Nota que esa desigualdad que vio unos minutos atrás en los suburbios, se repite en la ciudad. Esa que no es de nadie, pero sin embargo es de todos.
Mira atentamente la cara de las personas afuera. Algunos contentos, algunos tristes, algunos directamente, con cara de nada. Se repite lo del colectivo pero en la calle, afuera. Todos buscan ese algo que persiguen y persiguen, pero al que nunca llegan.
Sabe que su viaje esta llegando a su fin. Que en cualquier momento va a tener que abandonar el asiento que en este instante esta ocupando y que luego ese asiento va a hacer ocupado por otra persona con casi su misma vida, su misma situación, y sus mismos pensamientos. Y el ya no va a estar más allí. Ni siquiera va a ser recordado por nada ni nadie ahí dentro. Un anónimo entre cientos y miles de anónimos que usan esa línea, ese colectivo por que ha viajado y tal vez no viaje nunca más.
Las calles se les van haciendo conocidas. La casa de ropa, el restaurant, la casa de computación donde compró su primer computadora, donde conoció a su primera novia, a su esposa, a su amante. Por fin, luego de tanto tiempo ha llegado la hora de descender, de salir de su espacio ocupado, de tocar el timbre que obliga al colectivero a parar, a abrir sus puertas, para que ese ser humano cruce ese umbral, esa frontera, para volver a lo que llamamos comúnmente la calle, la realidad, la vida.
Baja del colectivo que lo lleva a su trabajo.

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